
Este fin, sin nada que hacer el domingo en la mañana, nos subimos a la Calandria y nos lanzamos a esa zona de Chilangolandia que suele ser sumamente problemática por el tráfico, pero a la vez es muy, muy disfrutable caminando, que se llama Polanco. En la esquina noroeste, está un pequeño Museo muy bonito arquitectónicamente hablando, aunque a veces queda opacado por estar a unos metros de la impresionante torre reflejante que es el Museo Sumaya.
El Jumex tiene una tradición corta pero parlante, ya que suele colocar exposiciones muy inteligentes de artistas en general contemporáneos, desde Gabriel Kuri hasta Urs Fischer (esa estuvo muy buena). En esta ocasión, al llegar nos topamos con una exposición completa de Gabriel Orozco, ese que nos tiene acostumbrados ya a preguntarnos “¿qué rayos está pasando aquí?”
Gabriel Orozco, ese genio veracruzano del arte contemporáneo, tiene un talento especial para tomar lo mundano y convertirlo en un espectáculo desconcertante. Es como si tuviera un superpoder: puede mirar una pelota, un auto o un coco, y transformarlos en algo que termina colgando en las paredes del MoMA. Su trayectoria internacional lo ha llevado por todo el mundo y, ahora, el Museo Jumex nos abre las puertas para disfrutar su arte. Y aquí estamos, listos para dejarnos envolver por su habilidad de hacernos cuestionar todo lo que sabíamos sobre arte, objetos cotidianos y nuestra capacidad para tomar en serio un coco.
¿Quién es Gabriel Orozco y por qué se disfruta?
Nacido en 1962 en Jalapa, no es solo uno de los artistas contemporáneos más influyentes de México, sino una figura que logró que lo cotidiano se transformara en un lienzo para la reflexión y el asombro. Aunque comenzó su formación artística en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, pronto dejó claro que las reglas convencionales no eran lo suyo. Orozco decidió expandir sus horizontes, estudiando en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y desde entonces, su obra ha dado vueltas al mundo con una mezcla única de audacia y sencillez.
El impacto global de su trabajo radica en su capacidad para combinar elementos de arte conceptual con observaciones del día a día. Desde Nueva York hasta París, su obra ha sido protagonista en lugares tan prestigiosos como la Tate Gallery de Londres, el Centre Pompidou de París y la Serpentine Gallery, también en Londres. Pero Orozco no solo es conocido por los espacios que ha ocupado, sino por la manera en que su arte rompe las barreras entre la creación artística y la vida misma. Para él, un simple objeto cotidiano —como una pelota de básquet flotante o un coco posado en una repisa— puede contener toda la profundidad de una escultura monumental. El detalle está en entender esa profundidad…

Su enfoque artístico ha sido comparado con el de un filósofo visual. ¿Por qué? Porque su obra siempre está preguntando: ¿dónde termina el arte y empieza la vida? Mientras otros artistas buscan lo extraordinario, Orozco encuentra poesía en lo banal, en aquello que solemos pasar por alto. Sus piezas suelen desencadenar emociones encontradas; algunos las consideran ingeniosas e innovadoras, mientras que otros no pueden evitar alzar incrédulamente una ceja y murmurar “¿esto es arte?”. Y ahí, precisamente, reside su genialidad: en desafiar nuestras nociones preconcebidas y obligarnos a mirar el mundo con nuevos ojos.
La exposición en el Jumex
Gabriel Orozco no te está pidiendo que entiendas. No, no, no. Te está pidiendo que mires. Que observes con calma y te preguntes “¿por qué esto me hace sentir algo?” Y si tu respuesta es un “no sé, pero está interesante”, entonces Orozco ha ganado. El objetivo de la exposición es simple: redescubrir el valor de lo cotidiano, de lo que a veces pasamos por alto. Es como una terapia visual para aprender a observar el mundo de una manera completamente nueva. Porque, sí, en el mundo de Orozco, todo puede ser arte, incluso si no tiene sentido.
Secciones importantes de la exposición (también conocido como: ¡lo que no te puedes perder!)

La Citroën DS
¿Quién necesita coches funcionales cuando puedes tener uno recortado por la mitad? Este icónico Citroën DS es una obra maestra de diseño… o tal vez una declaración visual de “¿por qué no?”. Mientras te plantas frente a este vehículo Frankenstein, no puedes evitar pensar que Orozco tomó una herramienta de corte, miró el auto y dijo: “Vamos a divertirnos”. El resultado es extraño, hipnótico y, la neta, un sueño de Instagram.
Las pelotas de futbol enla esquina
Bienvenido al ballet acuático menos convencional del mundo: pelotas de futbol desde los sesentas aparentemente tiradas sin orden en una esquina como si tuvieran un guion coreografiado. Podría ser una excelente colección de baloness icónicos de las eras y equipos famosos del soccer si estuvieran en buen estado en lugar de usados. La calma con la que yacen es casi terapéutica… hasta que recuerdas que son, básicamente, pelotas. Aquí, Orozco toma lo simple y lo convierte en arte. Apuesto a que cuando lo veas, vas a pensar: “Yo podría haber hecho esto”. Y bueno, sí, pero no lo hiciste. Así que toca admirarlo.
La Mesa de Pin pon

En la entrada está la mesa de pin pon cuádruple que solamente hace que te rasques la cabeza, hasta que te cae el veinte de que esta interesante ver como ocupa un espacio que podría no ser útil y hay una bola de chavos jugando en ella. Parece tan sencillo que podrías confundirlo con un accidente… pero no lo es. Es una declaración artística sobre la utilidad y el valor de lo cotidiano. O tal vez Orozco simplemente tenía un coco y pensó “esto podría ser divertido”. ¿Quién sabe? Lo que es seguro es que todos entran al museo hablando de la famosa mesa.
Las bicicletas desarmadas
¿Por qué tener bicicletas funcionales cuando puedes tener esculturas de bicicletas que parecen sacadas de un sueño raro? Estas creaciones desafían las leyes de la lógica, pero al mismo tiempo, te hacen pensar en el diseño y el espacio como conceptos flexibles. También es posible que te hagan recordar aquella vez que intentaste armar un mueble de Ikea… con un poco menos de éxito.
El arte del absurdo
La exposición de Gabriel Orozco en el Museo Jumex no es solo una muestra de arte; es un desafío, una invitación y, por qué no, un guiño juguetón al espectador. Orozco tiene la habilidad de convertir lo cotidiano en un espejo deformado en el que nos reflejamos. Esa foto, esa pelota o ese Citroën mutilado no son solo objetos; son preguntas disfrazadas: ¿Qué defines como arte? ¿Qué consideras digno de atención? ¿Por qué algo tan simple puede despertar en ti una emoción tan compleja?
Si bien muchas exposiciones buscan abrumarte con grandeza y espectacularidad, la magia de esta muestra radica en su capacidad de encontrarte en lo simple. Orozco no grita, susurra. No te impone significados, te deja descubrirlos por ti mismo. Cada obra es un pequeño acertijo: a veces gracioso, a veces desconcertante, pero siempre inolvidable. Puede que salgas con más preguntas que respuestas, y eso está bien, porque ese es precisamente el punto.
Además, hay algo profundamente liberador en el enfoque de Orozco. En un mundo obsesionado con la perfección, el progreso y lo extraordinario, su arte nos recuerda que lo extraordinario puede estar escondido en lo cotidiano. Que el arte no tiene que ser intimidante ni reservado para una élite; puede ser tan accesible como una bicicleta vieja o un coco polvoriento en una repisa. Es como si Gabriel Orozco estuviera diciéndonos: “Relájate un chorro compadre. Disfruta. Mira con atención, y quizás encuentres algo que antes habías pasado por alto.”

Visitar esta exposición es más que un acto de apreciación artística; es un acto de redescubrimiento personal. Entre la risa nerviosa de mirar una obra aparentemente absurda y los momentos de introspección frente a su simplicidad, es inevitable que algo en ti cambie. Porque al final del día, Gabriel Orozco logra lo que todo gran artista aspira: te hace sentir, pensar y, lo más importante, mirar el mundo de una manera completamente nueva.
Así que si estás buscando una experiencia que sea a partes iguales divertida, intrigante y transformadora, el Museo Jumex tiene justo lo que necesitas. Y si sales de ahí todavía rascándote la cabeza por el ajedrez, tranquilo: eso significa que entendiste de qué se trataba todo esto.